La primera vez que Alba visitó el apartamento, estaba oscuro. Compartimentado. Confuso. Había panelados sobre las paredes, puertas que dividían cada rincón, una terraza cerrada que había dejado de ser terraza. El edificio construido en 1979 por Luis Alfonso Pagán, discípulo de la misma escuela que Torres Blancas, tenía una identidad arquitectónica clara en el exterior. Por dentro, no quedaba casi nada de ella.

Alba no vio un problema. Vio una guía.

El edificio ya tenía la respuesta. Antes de decidir qué añadir, había que entender qué se había quitado.

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  • CUBRO 2
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  • La reforma empezó por ahí: retirar todo lo que no debería haber estado nunca. Los tabiques que podían desaparecer, desaparecieron. La terraza se recuperó, la luz volvió. Y con ella, la lógica espacial original del proyecto.

    No fue una transformación. Fue una recuperación.

    "El edificio tiene un lenguaje muy marcado en el exterior. Lo que hicimos fue devolverle ese lenguaje por dentro."

    La paleta de materiales siguió esa misma lógica. El roble, el hormigón visto, los colores presentes en la fachada: todo lo que se eligió para el interior ya estaba, de alguna manera, en el exterior. El proyecto no inventó una dirección estética. La encontró.

Diseñada para hoy. Pensada para dentro de diez años.

Son tres: Alba, su marido y un hijo de tres años. Una familia activa, creativa, que cocina, que invita, que necesita que la casa funcione para trabajar y para vivir, sin tener que elegir. 

Pero Alba no diseñó para ese momento concreto. Diseñó para los momentos que aún no han llegado.

La tercera habitación tiene puertas correderas que la delimitan cuando hace falta y la incorporan a la zona común cuando no. De día es despacho. Por la noche, o cuando hay visitas, desaparece como tal y el espacio se expande. El pasillo se convirtió en almacenaje para no desperdiciar ni un metro. La isla de la cocina está dimensionada para que un niño de tres años pueda alcanzarla ahora, y para que una familia entera pueda reunirse alrededor dentro de diez años. 

"Buscábamos una vivienda que pudiésemos moldear a nuestro estilo de vida, pero que permitiese cambiar o adaptarse a futuro."

En diseño residencial, esa flexibilidad rara vez se consigue sin sacrificar algo. Aquí no se sacrificó nada. Cada decisión tiene al menos dos lecturas posibles, y las dos funcionan.

Un solo lenguaje, cada habitación distinta

La cocina es en WOOD Roble. Los baños en LACA Pino. Los armarios combinan LACA Blanco con WOOD Roble. Tres espacios, tres elecciones de material muy distintas. Y sin embargo, la casa se lee como una sola cosa.

Lo que une todo no es un mismo acabado. Es un mismo lenguaje de diseño. 

El mismo tirador redondeado en cada puerta. Las mismas líneas limpias. La misma contención en cada detalle.

"La cocina se convirtió en el corazón de la casa. Necesitábamos que se integrara en la zona común como un mueble más, sin perder funcionalidad."

Una casa bien hecha no es una casa donde todo combina. Es una casa donde todo parte de la misma idea.

Hay proyectos que demuestran lo que un arquitecto sabe hacer. Y hay proyectos que demuestran que entiende cómo se vive. Este es de los segundos. 

Alba no diseñó una casa de catálogo. Diseñó la suya. Con las marcas del tiempo que ya estaban, con los muebles que ya tenía, con las necesidades de una familia que todavía está creciendo.

Proyecto:

Alba Illanes

Fotografías:

Sergio Pradana