El color de tu cocina empieza por estas tres preguntas.

El color adecuado para una cocina casi nunca sale de un catálogo. Viene de leer bien el espacio antes de abrir ninguna muestra.Los materiales que ya existen, la luz que recibe, lo que se ve desde la ventana y la forma en la que se va a vivir cada día. Cuando el punto de partida es ese, elegir un color deja de ser comparar opciones y pasa a ser la consecuencia lógica de todo lo demás.

Hay tres preguntas que ayudan a llegar ahí, y conviene hacerlas en orden.

 

¿Qué hay ya en tu cocina y no va a cambiar?

¿Qué hay ya en tu cocina y no va a cambiar?

El suelo. La encimera. los azulejos que no vas a cambiar. Todos esos materiales que llevan años formando parte del espacio y que seguirán ahí después de la reforma.

En una cocina con baldosas hidráulicas en tonos burdeos, terracota o beige,  un Laminado en tonos verdosos puede funcionar con esa paleta porque tiene la misma calidez sin imitar ninguno de esos colores.

En otra cocina con suelo de terrazo y ventanas originales pintadas de verde, el Roble aporta una calidez que conecta con el suelo y deja que el verde de las carpinterías siga teniendo protagonismo.

En ambos casos, el acabado funciona porque responde a ese espacio concreto y a los materiales que ya forman parte de él.

Los materiales existentes ya tienen su propia paleta. El color que responde a ella tiene muchas más posibilidades de funcionar que el que la ignora.

¿Qué ves desde tu cocina?

¿Qué ves desde tu cocina?

Si la cocina se abre a un patio, a una terraza o a un jardín, lo que ocurre al otro lado de la ventana no es el fondo de la escena. Forma parte de la propia cocina.

Un patio con vegetación abundante, luz cálida y verdes intensos ya tiene su propia paleta..  Un acabado verdoso en esa misma línea hace que interior y exterior se lean como un solo espacio.

Unas ventanas originales pintadas de verde pueden ser el punto de partida para el acabado, la encimera o los materiales que las rodean.

Cuando un acabado responde a lo que hay al otro lado de la ventana, los límites del espacio se difuminan y la cocina se integra mejor en el conjunto de la vivienda.

Cuando lo ignora, la sensación suele ser la contraria: la cocina se percibe como una estancia separada del resto de la casa.

¿Qué quieres que ocurra en ese espacio?

¿Qué quieres que ocurra en ese espacio?

La pregunta no es qué color te gusta. Es cómo quieres sentirte en esa cocina.

 Los colores saturados y con contraste activan el espacio, lo llenan de carácter. Los tonos tierra, los pasteles y los neutros cálidos hacen lo contrario: calman, bajan la intensidad, dejan respirar.

Una cocina en la que se cocina, se trabaja y se pasa tiempo durante horas necesita algo distinto a una cocina que se utiliza únicamente por la noche o de forma puntual.

Un azul pálido te da calma sin que el espacio pierda personalidad. Un verde apagado da calidez y hace que el espacio respire. Un Roble cambia con la luz y le da al conjunto una sensación de pausa.

En todos los casos, el color deja de responder a una preferencia estética y empieza a responder al uso real del espacio y a la atmósfera que se quiere construir.

Seis meses después

Seis meses después

El día que termina una obra no es el mejor momento para saber  si el color funciona.

La verdadera prueba llega meses después, cuando la cocina ya forma parte de la vida diaria.

Y entonces pasa una de dos cosas

La primera es que el color siga siendo lo primero que ves al entrar.

La segunda es que haya dejado de sentirse como una decisión independiente y se haya integrado completamente en el espacio, en la luz y en los materiales que lo rodean.

Cuando eso sucede, el color deja de parecer una elección de diseño y empieza a sentirse como algo inevitable, como si siempre hubiera pertenecido a esa cocina.