Mucha gente piensa en irse. Pocos lo hacen.

Después de casarse eligieron Mallorca. No por una oferta, no por razones prácticas ni por una oportunidad concreta. Por la naturaleza, por el ritmo, por la luz y por la posibilidad de organizar el tiempo de otra manera. Trabajaban desde cualquier sitio. Lo usaron para eso.

Lo que empezó como una prueba acabó convirtiéndose en una decisión permanente. Descubrieron que la distancia con las grandes ciudades pesaba menos de lo que imaginaban y que la cercanía al mar, el clima y la forma en que transcurren los días compensaban casi todo lo demás.

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  • Cómo acabaron viviendo en Mallorca: una prueba que se convirtió en decisión

    El apartamento es donde ocurre todo. El trabajo por la mañana, la comida al mediodía, los amigos por la tarde. Dos personas en el mismo espacio durante el día entero, con todo lo que eso implica.

    La casa tenía que funcionar para muchas situaciones distintas sin cambiar constantemente de configuración. Había que poder concentrarse durante una videollamada y, unas horas después, recibir a alguien para cenar sin que el espacio pareciera otro.

Una cocina abierta al salón: la isla que cambia de uso a lo largo del día

La cocina está abierta al salón. La isla no tiene una función fija: a primera hora es donde se abre el portátil antes de que empiece el día, al mediodía es superficie de trabajo, por la tarde es donde empieza la velada cuando llega alguien. La distribución permite que los dos se muevan sin estorbarse.

No hay una separación estricta entre unas actividades y otras, pero tampoco la necesitan. El espacio acompaña el cambio de ritmo del día sin imponerlo.

Madera y metal: dos acabados que comparten plano sin que ninguno ceda

La combinación de madera y metal viene de lo que ya había en la casa y de cómo querían que se sintiera el espacio. La madera aporta veta, calidez, una textura que cambia con la luz. El metal da precisión y una presencia más fría. Los dos acabados comparten plano sin que ninguno ceda al otro.

También era una cuestión de durabilidad. Materiales capaces de asumir el uso diario sin perder carácter y que envejecieran bien con el tiempo. La idea no era construir algo llamativo, sino algo que siguiera funcionando igual de bien dentro de unos años.

La luz entra y hace el resto. A lo largo del día los materiales cambian de aspecto, las sombras se desplazan y la misma estancia parece distinta sin necesidad de mover nada.

En Mallorca el día no acaba cuando se cierra el portátil.

Se prepara algo rápido antes de salir. Se queda con alguien al acabar la jornada. Se vuelve de la playa con hambre. La cocina está en el centro de todo eso, entre el trabajo y lo que viene después.

Hay días en los que la transición entre una cosa y otra dura apenas unos minutos: una última llamada, cerrar el ordenador y salir a caminar antes de que anochezca. Esa proximidad entre el trabajo y el resto de la vida fue precisamente parte del motivo para quedarse.

En verano, con la luz de las últimas horas entrando por las ventanas, no hace falta explicar por qué eligieron quedarse

Proyecto:

Fabrizia Schettino