Este proyecto se concibió a partir de una idea clara: la vivienda debía acompañar un ritmo de vida consciente. No como una declaración, sino como una forma de organizarlo todo, desde la distribución hasta la elección de materiales.

En el centro de todo se sitúa la cocina. Abierta, luminosa y directamente conectada con el exterior, se convierte en algo más que un espacio para cocinar. Es donde empieza el día, donde suceden las conversaciones y donde las rutinas se desarrollan sin esfuerzo. Los grandes ventanales dejan entrar la luz natural durante todo el día, mientras que el acceso directo al exterior permite que el movimiento sea continuo, sin interrupciones.

"No quería espacios que dictaran cómo debía vivir", explica. "Quería una casa que simplemente hiciera las cosas más fáciles, más tranquilas y más naturales".
  • Esa intención se percibe en la forma en que funciona la distribución. La circulación es clara e intuitiva. No hay recorridos innecesarios ni transiciones forzadas. Cocinar, comer, trabajar o descansar no se separan en zonas rígidas, sino que se conectan a través de una secuencia de espacios que permite que la vida fluya a su propio ritmo.

    La relación con el exterior juega un papel clave en esto. La cocina se abre directamente hacia fuera, facilitando salir mientras se cocina, comer dentro o fuera, o simplemente dejar que el aire y la luz atraviesen el espacio. Esta conexión suaviza los límites de la casa y aporta una sensación de apertura en el día a día.

    "Cambia la forma en la que usas el espacio", comenta. "No piensas en salir o entrar, simplemente te mueves".

    Esa fluidez es lo que define el ritmo de la casa. Nada se siente apresurado, porque nada interrumpe el flujo natural de la vida cotidiana.

    Los materiales refuerzan este enfoque. No se eligieron solo por su apariencia, sino por cómo se sienten, cómo envejecen y lo que representan. El linóleo, a menudo pasado por alto, tiene un papel protagonista.

    Cálido al tacto y con una textura natural, aporta una suavidad que contrasta con superficies más convencionales. Su durabilidad lo hace adecuado para el uso diario, mientras que su composición sostenible encaja con la intención general del proyecto.

    "No buscaba un material para resolver un problema", señala. "Solo quería algo que encajara con mi forma de vivir".

Esta idea de coherencia recorre toda la casa. Cada superficie, cada rincón y cada decisión responden a la misma lógica: crear un espacio que acompañe la vida real, sin complicarla.

Hay una claridad en cómo todo encaja. Las superficies se sitúan donde se necesitan. El almacenamiento se integra sin interrumpir el espacio. La luz se utiliza como un material más, dando forma a la atmósfera a lo largo del día.

El resultado no es una casa que reclame atención, sino una que acompaña en silencio la vida cotidiana. Un lugar donde las rutinas se vuelven más ligeras, donde el movimiento es natural y donde el ritmo puede desacelerarse sin esfuerzo.

Al final, el proyecto habla menos de diseño en un sentido tradicional y más de intención. De entender cómo un espacio puede influir en la forma de vivir y tomar decisiones que hagan que esa relación sea fluida.

"Cuando todo está alineado», reflexiona, "no notas la casa. Solo notas lo fácil que es vivir en ella"

Proyecto:

Sandra Clave

Fotografías:

Sergio Pradana

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