CUBRO

Cada vez más, la comida deja de ser solo algo funcional para convertirse en una experiencia cuidada. Elegir ingredientes, pensar cómo se presentan los platos, preparar la mesa o crear una atmósfera concreta forman parte de un mismo gesto. Cocinar se convierte en una forma de expresión personal y comer pasa a integrarse en un pequeño ritual.

En paralelo a la evolución de los restaurantes, han ido apareciendo nuevos formatos alrededor de la comida: supper clubs, cenas privadas o encuentros híbridos entre arte, gastronomía y cultura. No son restaurantes tradicionales ni simples eventos. Son experiencias diseñadas donde la comida funciona como una narrativa, la mesa como un escenario y los invitados como parte activa de lo que sucede.

Dentro de este contexto, Tiberi Club lleva años explorando nuevas formas de reunirse alrededor de una mesa.

Reunirse, más allá de lo evidente

Reunirse, más allá de lo evidente

Cuando comenzaron en 2018, el concepto aún no estaba tan extendido. De hecho, la palabra “club” generaba cierta confusión. Lejos de ser un espacio cerrado, la intención era justo la contraria: crear un lugar abierto donde reunir a amigos y desconocidos, cuidando cada detalle de la experiencia.

Lo que empezó como un impulso casi intuitivo hoy responde a una necesidad más amplia. En un contexto cada vez más mediado por pantallas, este tipo de encuentros recuperan algo esencial: el tiempo compartido y la presencia.

“Estas experiencias ofrecen algo que cada vez valoramos más: la posibilidad de compartir tiempo y presencia con otras personas.”

La mesa funciona como punto de encuentro, pero también como excusa para generar conversación, intercambio y, aunque sea por unas horas, una pequeña comunidad.

La comida como narrativa

La comida como narrativa

En el trabajo de Tiberi Club, la comida no es un fin en sí mismo, sino un medio. Cada proyecto parte de un concepto central que atraviesa toda la experiencia y da coherencia a todos los elementos.

Esa narrativa se construye en el espacio y en el tiempo. La elección del lugar es clave, no como un simple contenedor, sino como parte activa de lo que sucede.

“No nos interesa imponer una escenografía ajena, sino dialogar con la arquitectura del lugar y dejar que forme parte de la experiencia.”

La mesa como escenario

La mesa como escenario

En muchas de sus propuestas, la cena se acerca a lo performativo. La atmósfera no se construye a partir de elementos aislados, sino del diálogo entre todos ellos.

Pequeños gestos pueden transformar completamente la percepción del momento: alterar la disposición de la mesa, modificar la relación con la comida o introducir elementos inesperados.

Pero hay algo que siempre escapa al control: las personas.

“El elemento más importante, y también el único que no podemos controlar, son las personas invitadas.”

Cuando los asistentes se implican, interactúan y se sienten parte de lo que ocurre, la experiencia cobra sentido por sí sola. El trabajo previo consiste en diseñar las condiciones para que eso suceda.

De espectadores a participantes

De espectadores a participantes

En estos formatos, los invitados dejan de ser público para convertirse en participantes. Desde el momento en que llegan, su presencia ya forma parte del evento.

La clave está en dejar espacio a lo inesperado. No se busca controlar completamente lo que sucede, sino proponer una estructura abierta donde cada persona pueda vivir la experiencia a su manera.

Por eso, cada encuentro es distinto. Lo que ocurre en la mesa no se repite.

De la mesa pública a la mesa en casa

De la mesa pública a la mesa en casa

Este lenguaje también ha empezado a trasladarse al ámbito doméstico. Cada vez más, las cenas en casa incorporan ese cuidado por los detalles, la estética y el ritual de compartir.

Este interés creciente refleja una relación más abierta y curiosa con la comida, donde conviven la experimentación y el respeto por la tradición.

Pero hay un matiz importante. La experiencia no puede quedarse solo en lo visual.

“El gesto verdaderamente transformador […] está en apoyar a productores locales y valorar los ingredientes de proximidad.”

Más allá de cómo se presenta una mesa, la forma en la que se eligen los ingredientes o se entiende su origen empieza a formar parte de la experiencia.

Al final, cuidar la mesa también implica entender todo lo que ocurre antes de que nos sentemos en ella.