Cuando Inés y Samuel entraron por primera vez en este piso de más de cien años en el sur de Alemania, no estaban buscando un proyecto de reforma. Querían mudarse juntos, encontrar un lugar donde empezar. El piso estaba alquilado, y no estaba en buen estado. Pero había algo. Luz de mañana, techos altos, distribución clásica. En menos de un día tomaron la decisión. No mudarse. Reformarlo.

  • No es común reformar un piso de alquiler. Siempre está la pregunta: ¿vale la pena invertir en algo que no es tuyo? Para ellos, la respuesta fue sencilla. Si iban a vivir allí, querían que funcionara con su manera de vivir. No hacía falta que fuera perfecto. Solo que tuviera sentido para ellos.

    Uno de los retos más claros era la cocina. El espacio era pequeño, y solo recibía algo de luz a primera hora del día. Desde el principio supieron que esa habitación iba a necesitar más que una solución práctica. Querían que se sintiera abierta, ligera, sin elementos que bloquearan la luz ni cerraran el espacio. Eligieron muebles bajos, sin módulos altos, una distribución flexible, y una gama de colores clara. Todo pensado para no entorpecer el paso de la luz y dar la sensación de amplitud sin tener que intervenir en la estructura.

Pero lo más importante llegó con una idea inesperada.

“Pensamos en una encimera amarilla desde el principio, aunque nunca habíamos visto una. Dudamos, claro. Pero algo nos decía que iba a funcionar.”

Fue la primera decisión de diseño que tomaron, aunque tardó en materializarse. No era una elección evidente, pero con el tiempo se convirtió en el gesto que definió toda la cocina. El color compensa la falta de sol en invierno, y activa el espacio incluso en los días más apagados. No busca destacar, pero lo hace.

El resto de detalles acompañan esa lógica: materiales honestos, cantos de contrachapado vistos, tiradores redondos con incrustaciones de madera. Todo se pensó para estar ahí sin imponerse, para ser parte del uso diario.

“Es la parte que más nos gusta. No solo porque quedó bien, sino porque era algo que no habíamos visto antes. Nos arriesgamos y nos alegra haberlo hecho.”

Después de tres años, el piso sigue cambiando. Aún queda por reformar el baño, que solo pintaron al principio. A veces piensan si deberían parar. Pero siempre aparece una idea nueva, una mejora posible. Aunque no sean los propietarios, han hecho el espacio suyo. No por lo que invirtieron, sino por cómo lo habitan.

Proyecto:

Ines G

Fotografías:

Ines G

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