Cuando Lisbeth llegaba a una ciudad nueva, una de las primeras cosas en las que se fijaba era cómo se relacionaban la cocina y el salón.

En México descubrió una vida doméstica que giraba alrededor de la cocina. En Ámsterdam, la importancia del salón durante los largos meses de lluvia. En París, cómo una familia podía organizar cenas y cumpleaños en apenas 45 metros cuadrados. Y en Madrid le llamó la atención encontrar viviendas donde los dormitorios ocupaban más espacio que las zonas comunes.

Como arquitecta, cada ciudad le enseñó una manera distinta de vivir una casa.

Cuando llegó el momento de diseñar la suya, no quiso reproducir ninguna de ellas. Pero tampoco podía olvidar todo lo aprendido.

  • Una cocina abierta al salón: cómo se diseñó para una pequeña coreografía doméstica

    La cocina es amplia y está conectada con el salón, aunque no se descubre inmediatamente al entrar en la casa.

    Hay algo de Ámsterdam en esa relación abierta entre los espacios y algo de París en la decisión de mantener la cocina fuera de la primera perspectiva.

    El comedor queda integrado en la zona común, mucho más cerca de donde realmente ocurre la vida cotidiana. Una decisión que ha cambiado incluso sus hábitos: ahora utilizan la mesa de comedor mucho más que en sus casas anteriores.

    La cocina se organiza alrededor de una semi-isla que permite trabajar desde distintos lados sin interrumpir la circulación.

    Esteban cocina. Lisbeth va recogiendo.

    En casa tienen una regla: quien cocina no limpia. Así, cuando terminan de cenar, prácticamente todo está ya recogido.

    La distribución responde a esa pequeña coreografía doméstica. Dos personas pueden utilizar la cocina al mismo tiempo, hablar con quien está en el salón y participar de lo que sucede alrededor sin abandonar lo que están haciendo.

    No se trata simplemente de abrir la cocina al salón, sino de decidir cómo se quiere compartir ese espacio.

Materiales que no tienen que seguir pareciendo nuevos

Lisbeth no diseñó esta casa pensando únicamente en cómo se vería al terminar la reforma. También pensó en cómo quería que envejeciera.

La encimera de acero inoxidable es quizá el ejemplo más claro. No espera que permanezca impecable: se la imagina dentro de unos años llena de pequeños rayones y marcas, señales de una cocina que se utiliza todos los días.

Esa idea se extiende a la elección del resto de materiales. Buscó productos locales y soluciones que respondieran al carácter de la vivienda y al lugar donde se encuentra, incluso materiales que probablemente no habría utilizado cuando vivía en Holanda.

No se trataba de trasladar a Madrid una estética aprendida en otro país,  se trataba de diseñar desde Madrid, pero con todas esas experiencias detrás.

Lo mismo ocurrió con los objetos: en la casa conviven muebles de su primera casa en Barcelona, piezas que han viajado con ellos y una lámpara amarilla de Shanghái. Objetos de distintos momentos que no fueron elegidos para formar un conjunto, pero que ahora comparten espacio.

La casa tenía que hacerles sitio sin pedirles que empezaran de cero.

El rincón que nunca se usó como estaba previsto

Hay una parte del proyecto que Lisbeth imaginó de una manera muy concreta.

La plataforma junto a la escalera, orientada hacia el patio, parecía el lugar perfecto para tomar un café por la mañana. También pensó que su perro acabaría tumbándose allí.

Pero ninguna de las dos cosas ocurrió.

Es un detalle que dice bastante sobre la distancia entre diseñar una casa y vivir en ella. Por mucho que se estudien los recorridos, la luz o los hábitos de quienes van a ocuparla, hay usos que solo aparecen con el tiempo. Otros, que parecían evidentes sobre el plano, nunca llegan a suceder.

Lisbeth lo resume de una manera sencilla: la casa se adapta a ellos y ellos se adaptan a la casa.

Proyecto:

Habitual Studio

Fotografías:

Maru Serrano